Parece ser una mujer más entre tantas mujeres. Algunos la llaman “abuela”, aunque a ella no le agrada, porque decirle abuela para esos algunos significa lo mismo que decirle vieja, indefensa, sin fuerzas. Para que la llamen así, le sobran nietos. Ante una urgencia, los médicos dicen “¡Pero ya tiene más de 80!”, como si esos 80 significaran el no deseo de pelearla, y por eso se van a la sala del enfermo que tiene menos edad. Eso la enerva y creo que le brinda más fuerza. Después, al rato, regresan y cuando la ven leer o tejer, a pesar de su hemiplejía y su situación, llamada por ellos “crítica”, comienzan a prestarle un poquito más de atención. "Poné mi nombre en la pared”, me pidió la última vez que la internaron, “estoy harta que me llamen paciente octogenaria”. Desde ese momento un cartel grande diciendo “Me llamo IRMA”, adornó la pared sucia y gris de esa clínica más gris que le tocó por suerte y obra de la mal llamada “Obra Social”. Los médicos jóvenes aprenden con pacient...